martes, 18 de noviembre de 2014

Alejo Carpentier, lo Real Maravilloso, El Reino de este Mundo.



Alejo Carpentier y Valmont (26 de diciembre de 1904 – 24 de abril de 1980), fue un novelista y narrador cubano que influyó notablemente en la literatura latinoamericana durante su período de auge, el llamado boom latinoamericano. La crítica lo considera uno de los escritores fundamentales del siglo XX en lengua castellana, y uno de los artífices de la renovación literaria latinoamericana, en particular a través de un estilo que incorpora varias dimensiones y aspectos de la imaginación para recrear la realidad, elementos que contribuyeron a su formación y uso de lo  “Real Maravilloso”.
Dice en el prologo del Reino de este Mundo el autor, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una alteración de la realidad, (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “ estado limite “. Para empezar, la sensación de lo maravillosos presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco.
Lo real maravilloso es un patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del continente y dejaron apellidos, aún llevados: desde los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia.
El Reino de este Mundo cuenta la historia de los levantamientos de los esclavos negros en Santo Domingo Haití por ese entonces colonia francesa, producido en primera instancia por el personaje Mackandal, quien trabajaba en un trapiche junto a Ti Noel protagonista central de esta historia, tras perder el brazo que quedo atorado en el trapicha por esto el esclavo Mackandal por su incapacidad es derivado a cuidar el ganado, pronto este se interesa por las hierbas, raíces y plantas de su tierra y junto a una bruja prepara un poderoso veneno que es derramado por todas las haciendas produciendo la muerte masiva del ganado, el pánico entra en los colonos cuando el veneno llega a sus casas, por este motivo los colonos empiezan a matar y torturar a los negros hasta descubrir que detrás de todo está el manco Mackandal quien se esconde de sus perseguidores con sus poderes licantrópicos hasta que finalmente es apresado y llevado a la plaza para ser quemado en público y en presencia de todos los esclavos para escarmiento de estos. Luego de ser ejecutado, la situación se calma  y los colonos vuelven a dominar a sus esclavos, pero el espíritu de Mackandal seguía vivo, enterados de que en Francia se pregonaba en ciertos círculos la libertad de los negros surge la figura de Bouckman el jamaiquino que planeo una sublevación y la señal fue dada por el sonido de una trompa de caracol que fue respondida por los montes y la selva. Todas las puertas de los barracones cayeron a la vez, derribadas desde adentro, armados de estacas, los esclavos rodearon las casas de los mayorales apoderándose de las herramientas corrieron hacia las viviendas principales, dando mueras a los amos, al gobernador, al Buen Dios y a todos los franceses.
Monsieur Lenomand de Mezy, amo de Ti Noel, había sobrevivido al esconderse en un pozo, paso varios días aterrorizado hasta que un correo a caballo frenó su montura con la noticia de que la horda estaba vencida y la cabeza del jamaiquino Bouckman se engusanaba ya verdosa y boquiabierta en el preciso lugar en que se había hecho ceniza hedionda la carne del manco Mackandal. Se estaba organizando el exterminio total de negros. Lenomand de Mezy se montó en la grupa del caballo del mensajero, que salió gualtrapeando por el camino del Cabo.
Lenomand de Mezy huyó a Santiago de Cuba con un puñado de esclavos que logro rescatar de la muerte entre ellos Ti Noel, casi todos los colonos escaparon tras no poder sofocar la rebelión.
Varios años después Ti Noel escapa de sus amos y vuelve a Santo Domingo, se encamina hacia la antigua hacienda de Lenomand de Mezy, estaba hablando con las hormigas cuando un ruido inesperado le hizo volver la cabeza. Hacia él venían, a todo trote, varios jinetes de uniformes resplandecientes de estilos napoleónicos, Ti Noel, fascinado, siguió el rastro de sus caballos en la tierra del camino. Sobre un fondo de montañas estriadas de violado por gargantas profundas se alzaba un palacio rosado, un alcázar de ventanas arqueadas. A medida que se iba acercando, Ti Noel descubría terrazas, estatuas, arcadas, jardines, pérgolas, arroyos, pero lo que más asombraba a Ti Noel era el descubrimiento de que ese mundo prodigioso, como no lo habían conocido los gobernadores del Cabo era un mundo de negros. Ti Noel comprendió que se hallaba en Sans – Souci, la residencia predilecta del rey Henri Christophe, aquel que fuera antaño cocinero en la calle de los españoles y que hoy fundía monedas con sus iniciales, Ti Noel fue apresado y los pusieron a trabajar llevando ladrillos a la obra. El rey Christophe subía a menudo a la ciudadela para cerciorarse de los progresos de la obra. En caso de intento de reconquista de la isla por Francia, él, Henri Christophe, Dios, mi causa y mi espada, podría resistir ahí, encima de las nubes durante los años que fuesen necesarios.
Un día el pueblo se cansó de la tiranía del rey y este cae herido en una iglesia y es llevado a su palacio. ¡Están tocando el maducumán! Gritó Christophe, en ese instante la guardia rompió filas atravesando en desorden la explanada de honor. Los oficiales corrieron con el sable en claro. De las ventanas de los cuarteles empezaron a descolgarse racimos de hombres, se dispararon tiros al aire, era una desbandada general de uniformes, luego fue la calma del atardecer, el palacio estaba desierto, entregado a la noche sin luna. Era de quien quisiera tomarlo. La noche se lleno de tambores. Llamándose unos a otros, respondiéndose de montaña a montaña, subiendo de las playas, saliendo de las cavernas, tronaban los tambores radás, los tambores congos, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos del vodú. El rey estaba en su habitación, ya había comenzado el incendio de sus granjas, de sus alquerías, de sus cañaverales. Ahora, delante de los tambores corría el fuego, saltando de casa en casa, de sembrado a sembrado. El edificio entero había desaparecido en ese fuego frio, haciendo de cada pared una cisterna de hogueras encrespadas. Casi no oyó el disparo, por que los tambores estaban ya demasiado cerca. La mano de Christophe soltó el arma, yendo a la sien abierta. Así, el cuerpo se levantó todavía, quedando como suspendido en el intento de un paso, antes de desplomarse, de cara adelante, con todas sus condecoraciones. Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre.
Ti Noel fue uno de los primeros en saquear el palacio y su casa, la había sido de Lenomand de Mezy tenía extravagantes muebles. Al tiempo llegaron los agrimensores blancos y median la tierra y pronto los negros cayeron bajo el látigo nuevamente para trabajar la tierra, esta vez los amos se hacían denominar como Mulatos Republicanos. Por más que pensara Ti Noel no veía la manera de ayudar a sus pares nuevamente encorvados bajo la tralla de alguien. El anciano comenzaba a desesperarse ante ese inacabable retoñar de cadenas, ese renacer de grillos, esa proliferación de miserias, que los más resignados acababan por aceptar como prueba de la inutilidad de toda rebeldía. Ti Noel temió que también le hicieran trabajar a pesar de su edad, ya que la vestidura de hombre solía traer tantas calamidades, más valía despojarse de ella por un tiempo, tomada esa decisión, Ti Noel se sorprendió de lo fácil que es transformarse en animal cuando se tienen poderes para ello. Como prueba se trepó a un árbol, quiso ser ave, y al punto fue ave, y así Ti Noel se fue transformando en diversos animales pero ningún estilo de vida de estos lo conformaba y comprendió entonces, que el hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gente que nunca conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandes que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre solo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.          

sábado, 8 de noviembre de 2014

Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía, Tercera parte, Fin.



Después de muchas idas y vueltas entre el partido conservador y el partido liberal, cansado ya de estas tropelías y viendo que la guerra no llevaba a nada, el coronel Aureliano Buendía pidió a su amigo el coronel Gerineldo Márquez que lo ayudara a terminar con la guerra, al decirlo no imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla. Necesitó casi un año de rigor sanguinario para forzar al gobierno a proponer condiciones de paz favorables a los rebeldes, y otro año para persuadir a sus partidarios de la conveniencia de aceptarlas. Llegó a inconcebibles extremos de crueldad para sofocar las rebeliones de sus propios oficiales, que se resistían a feriar la victoria, y terminó apoyándose en fuerzas enemigas para acabar de someterlos, la paz seria concertada en el armisticio de Neerlandia.
En los días siguientes se ocupó de destruir todo rastro de su paso por el mundo. Simplificó el taller de platería hasta solo dejar los objetos impersonales, regaló sus ropas a los ordenanzas y enterró sus armas en el patio con un sentido de penitencia, sólo conservó una pistola, y con una sola bala. La víspera del armisticio, cuando ya no quedaba en la casa un solo objeto que permitiera recordarlo, llevó a la panadería el baúl con sus versos y los quemo. Después, cuando su médico personal acabó de extirparle los golondrinos de las axilas, él le preguntó sin demostrar interés particular cuál era el sitio exacto del corazón. El médico lo auscultó y le pintó luego un círculo en el pecho con un algodón sucio de yodo.
El martes del armisticio amaneció tibio y lluvioso. El coronel Aureliano Buendía apareció en la cocina antes de la cinco y tomó su habitual café sin azúcar.
El acto se celebró a veinte kilómetros de Macondo, a la sombra de una ceiba gigantesca, el coronel Aureliano Buendía llegó en una mula embarrada. Estaba sin afeitarse, mas atormentado por el dolor de los golondrinos que por el inmenso fracaso de sus sueños, pues había llegado al término de toda esperanza, más allá de la gloria y de la nostalgia de la gloria.
El acto duró apenas el tiempo indispensable para que se estamparan las firmas, se dispuso a firmar los pliegos del acta de rendición sin leerlos, uno de sus oficiales rompió el silencio _ Coronel _ dijo _ háganos el favor de no ser el primero en firmar_. El coronel accedió, el documento dio la vuelta completa a la mesa, el primer lugar estaba todavía en blanco. El coronel se dispuso a ocuparlo. _ Coronel _ dijo entonces otro de sus oficiales, _ todavía tiene tiempo de quedar bien _. Sin inmutarse, el coronel firmó la primera copia. Luego del proceso se retiró a una tienda de campaña que le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el círculo de yodo que su médico personal le había pintado en el pecho. Lo llevaron a su casa envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos abiertos de rabia. Estaba fuera de peligro. El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado en yodo _ Esta es mi obra maestra _ le dijo satisfecho _ era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital _.
El fracaso de la muerte le devolvió en pocas horas el prestigio perdido. Los mismos que inventaron la patraña de que había vendido la guerra, definieron la tentativa de suicidio como un acto de honor, y lo proclamaron mártir. Luego cuando rechazo la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república, hasta sus más encarnizados rivales desfilaron por su cuarto pidiéndole que desconociera los términos del armisticio y promoviera una nueva guerra.
Poco a poco había ido perdiendo todo contacto con la realidad de la nación. Encerrado en su taller, su única relación con el resto del mundo era el comercio de pescaditos de oro. Uno de los antiguos soldados que vigilaron su casa en los primeros días de la paz iba a venderlos a las poblaciones de la ciénaga, y regresaba cargado de monedas y noticias. _ No me hables de política _ Le decía el coronel _ Nuestro asunto es vender pescadito _. Fue entonces que comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
Se anunció el inesperado jubileo del coronel Aureliano Buendía, ordenado por el gobierno para celebrar un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia. Fue una determinación tan inconsecuente con la política oficial que el coronel se pronunció violentamente contra ella y rechazó el homenaje _ Es la primera vez que oigo la palabra jubileo _ decía _ pero cualquier cosa que quiera decir, no puede ser sino una burla_. Les ordenó que lo dejaran en paz, insistió que él no era un prócer de la nación como ellos decían, sino un artesano sin recuerdos, cuyo único sueño era morirse de cansancio en el olvido y la miseria de sus pescaditos de oro. De modo que el jubileo se llevó a cabo sin asistencia de ninguno de los miembros de la familia.
Con motivos de la conmemoración del jubileo llegaron a su casa sus diecisiete  hijos, pasaron una temporada en el pueblo y se fueron cada uno con un pescadito de oro y con una marca indeleble de ceniza en la frente, luego cuando llegaron los gringos de la company frutera el coronel se altero con los cambios producidos y amenazo con reclutar a sus muchachos para volver a la guerra, esa noche la mayoría de sus hijos fueron asesinados con un tiro en la frente en la marca indeleble de ceniza en los distintos puntos del país, furioso el coronel decidió emprender una campaña y entonces visito al enfermo coronel Gerineldo Márquez para que lo ayudara a promover la guerra total _ Ay, Aureliano _ suspiro Gerineldo _ ya sabía que estabas viejo, pero ahora me doy cuenta que estás mucho más viejo de lo que pareces _  y así fracaso su último intento de promover una guerra.
Por esos días Úrsula su madre se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buendía no le había perdido el cariño a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella creía antes, sino que nunca había querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o  a las incontables mujeres de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbró que no había hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creía, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia. Llegó a la conclusión de que aquel hijo por quien ella habría dado la vida era simplemente un hombre incapacitado para el amor. Una noche, cuando lo tenía en el vientre, lo oyó llorar ahora la lucides de la decrepitud le permitió ver, y así lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es un anuncio de ventriloquía ni de facultad adivinatoria, sino una señal inequívoca de incapacidad para el amor.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Cien años de soledad, El coronel Aureliano Buendía, Segunda parte.



Cuando termino la guerra, el gobierno en una proclama altisonante prometía un despiadado castigo para los promotores de la rebelión, el coronel Aureliano Buendía cayó prisionero cuando estaba a punto de alcanzar la frontera disfrazado de hechicero indígena. La noticia de la captura fue dada en Macondo con un bando extraordinario. El coronel Aureliano Buendía había sido condenado a muerte y cuando le preguntaron por su última voluntad, no tuvo la menor dificultad para identificar el presagio que le inspiro la respuesta: _ Pido que la sentencia se cumpla en Macondo_ El presidente del tribunal se disgusto: _ No sea vivo, Buendía _ Le dijo _ Es una estratagema para ganar tiempo. _ Si no la cumplen, allá ustedes _ Dijo el coronel _ Pero esa es mi última voluntad.
La sentencia seria ejecutada en Macondo, para escarmiento de la población.
Llego a Macondo con las manos amarradas a la espalda con una soga que sostenía en la cabeza de su montura un oficial a caballo, parecía un pordiosero, tenía la ropa desgarrada, el cabello y la barba enmarañados, y estaba descalzo.
Desde el principio de la adolescencia, cuando empezó a ser consciente de sus presagios, pensó que la muerte había de anunciarse con una señal definida, inequívoca, pero le faltaban pocas horas para morir, y la señal no llegaba, así había logrado eludir cuatro de once emboscadas, entonces llegó a la conclusión de que quizás la muerte no se anunciaría esta vez, porque no dependía del azar sino de la voluntad de sus verdugos.
_ Vamos, Buendía _ le dijo su verdugo Roque Carnicero _ Nos llego la hora. _ Así que era esto  _ Replicó el coronel _ Estaba soñando  _ Tanto joderse uno _ murmuraba _ tanto joderse para que lo maten a uno seis maricas sin poder hacer nada.
Cuando el pelotón lo apuntó, la rabia se había materializado en una sustancia viscosa y amarga que le adormeció la lengua y lo obligó a cerrar los ojos. Entonces desapareció el resplandor de aluminio del amanecer, cuando oyó el grito creyó que era la orden final al pelotón. Abrió los ojos con una curiosidad de escalofrió, esperando encontrarse con la trayectoria incandescente de los proyectiles, pero sólo encontró al capitán Roque Carnicero con los brazos en alto, y a José Arcadio, su hermano, atravesando la calle con su escopeta pavorosa lista para disparar, _ No haga fuego _ Le dijo el capitán a José Arcadio _ Usted viene mandado por la Divina Providencia. Allí empezó otra guerra. El capitán Roque Carnicero y sus seis hombres se fueron con el coronel Aureliano Buendía a liberar al general revolucionario Victorio Medina, condenado a muerte en Riohacha, tuvieron que hacer la peligrosa ruta de las estribaciones, sin mas municiones que las del pelotón de fusilamiento, cuando avistaron a Riohacha desde un recodo de la sierra el general Victorio Medina había sido fusilado. Los hombres del coronel Aureliano Buendía lo proclamaron jefe de las fuerzas revolucionarias del litoral del Caribe, con el grado de general. Él asumió el cargo, pero rechazó el ascenso, y se puso a sí mismo la condición de no aceptarlo mientras no derribaran el régimen conservador. Al cabo de tres meses habían logrado armar a más de mil hombres y fueron ganando y perdiendo batallas.
Un parte del gobierno divulgado por telégrafo y publicado en bandos jubilosos por todo el país, anunció la muerte del coronel Aureliano Buendía, pero dos días después, un telegrama múltiple, anunciaba otra rebelión en los llanos del sur. Así empezó la leyenda de la ubicuidad del coronel Aureliano Buendía. Informaciones simultáneas y contradictorias lo declaraban victoriosos en Villa Nueva, derrotado en Guacamayal, muerto en una aldea de la ciénaga y otra vez sublevado en Urumita.
Los dirigentes liberales, que en aquel momento estaban negociando una participación en el parlamento, lo señalaron como un aventurero, sin representación de partido. El gobierno nacional lo asimiló a la categoría de bandolero y puso a su cabeza un precio de cinco mil pesos. Al cabo de dieciséis derrotas el coronel Aureliano Buendía salió de la Guajira con dos mil indígenas bien armados, y la guarnición sorprendida durante el sueño abandonó Riohacha. Allí estableció su cuartel general y proclamó la guerra total contra el régimen.
Tres meses después regresó a Macondo pero no se entusiasmaba con las apariencias. Las tropas del gobierno abandonaban las plazas sin resistencia, pero el tenia conciencia de estar acorralado contra el mar, y metido en una situación política muy confusa. Buscando una tronera de escape pasaba horas y horas en la oficina telegráfica, conferenciando con los jefes de otras plazas, y cada vez salía con la impresión más definida de que la guerra estaba estancada. _ Estamos perdiendo el tiempo _ se quejaba ante sus oficiales _ Estaremos perdiendo el tiempo mientras los cabrones del partido estén mendigando un asiento en el congreso _.
Una noche de incertidumbre en que Pilar Ternera cantaba en el patio con la tropa, él le pidió que le leyera el porvenir en las barajas _ Cuídate la boca _ Fue todo lo que saco en claro Pilar ternera. Dos días después alguien le dio a un ordenanza un tazón de café si azúcar, y el ordenanza se lo pasó a otro, y esté a otro, hasta que llegó de mano en mano al despacho del coronel Aureliano Buendía, no había pedido café, pero ya que estaba ahí, el coronel se lo tomó, tenía una carga de nuez vómica suficiente para matar un caballo. Cuando lo llevaron a su casa estaba tieso y arqueado y tenía la lengua partida entre los dientes. Su madre se lo disputó a la muerte. Después de limpiarle el estómago con vomitivos, lo envolvió en frazadas calientes y le dio claras de huevo durante dos días, hasta que el cuerpo estragado recobró la temperatura normal. Al cuarto día estaba fuera de peligro. En esas noches sus pensamientos se hicieron tan claros, que pudo examinarlos al derecho y al revés, una noche le preguntó al coronel Gerineldo Márquez: _ Dime una cosa, compadre: ¿Por qué estás peleando? _ por qué ha de ser, compadre _ contestó _ Por el gran partido liberal.
_ Dichoso tú que lo sabes _ contesto él _ yo por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
_ Eso es malo _ dijo Gerineldo.
Al coronel Aureliano Buendía le divirtió su alarma _ Naturalmente _ dijo _ Pero en todo caso, es mejor eso que no saber por qué se pelea _ Lo miró a los ojos, y agregó sonriendo: _ O que pelear como tú por algo que no significa nada para nadie.
La convalecencia le permitió reflexionar. Entonces consiguió que su madre le diera el resto de la herencia enterrada y sus cuantiosos ahorros, nombró jefe civil y militar de Macondo al coronel Gerineldo Márquez y se fue a establecer contacto con los grupos rebeldes del interior.
Tiempo después los oficiales de Macondo tenían informes confidenciales de la inminencia de una paz negociada, en efecto los dirigentes del partido habían establecido contacto con jefes rebeldes del interior, y estaban en vísperas de concertar el armisticio a cambio de tres ministerios para los liberales, una representación minoritaria en el parlamento y la amnistía general para los rebeldes que depusieran las armas. Una orden altamente confidencial del coronel Aureliano Buendía, que declaraba estar en desacuerdo con los términos del armisticio llego a los oficiales en Macondo.
Diez días después de que un comunicado conjunto del gobierno y la oposición anunció el término de la guerra, se tuvieron noticias del primer levantamiento armado del coronel Aureliano Buendía en la frontera occidental. En el curso de ese año, mientras liberales y conservadores trataban de que el país creyera en la reconciliación, intentó otros siete alzamientos. Ocupó más de quince días una aduana fronteriza, y desde allí dirigió a la nación un llamado a la guerra general.
En aquellos días se rumoreaba que el coronel había sido muerto en un desembarco cerca de la capital provincial. El anuncio oficial, el cuarto en menos de dos años fue tenido por cierto durante casi seis meses pues nada volvió a saberse de él. Luego llego una noticia insólita. El coronel Aureliano Buendía estaba vivo, pero aparentemente había desistido de hostigar al gobierno de su país y se había sumado al federalismo triunfante en otras repúblicas del Caribe. Aparecía con nombres distintos cada vez más lejos de su tierra. Después había de saberse que la idea que entonces lo animaba era la unificación de las fuerzas federalistas de la América central, para barrer con los régimen conservadores desde Alaska hasta la Patagonia.
Luego se supo en Macondo que el coronel Aureliano Buendía estaba ya en camino para ponerse al frente de la rebelión más prolongada, radical y sangrienta de cuantas se habían intentado hasta entonces.
El régimen no admitió el estado de guerra mientras no se proclamó en un bando que se le había seguido consejo de guerra en ausencia al coronel Aureliano Buendía, y había sido condenado a muerte, se ordenaba cumplir la sentencia a la primera guarnición que lo capturara.
Estaba en el país desde hacía más de un mes nadie lo sabia hasta cuando se anunció oficialmente que se había apoderado de dos estados del litoral.
El primero de Octubre, al amanecer, el coronel Aureliano Buendía con mil hombres bien armados atacó a Macondo y la guarnición recibió la orden de resistir hasta el final.
Vestía un uniforme de dril ordinario, unas botas altas con espuelas embardunadas de barro y sangre seca. Llevaba al cinto una escuadra con la funda desabrochada y la mano siempre apoyada en la culata revelaba la misma tensión vigilante y resuelta de la mirada, su cabeza, ahora con entradas profundas, parecía horneada a fuego lento. Su rostro cuarteado por la sal del Caribe había adquirido una dureza metálica. Estaba preservado contra la vejez inminente por una vitalidad que tenía algo que ver con la frialdad de las entrañas. Era más alto que cuando se fue, más pálido y óseo y manifestaba los primeros síntomas de resistencia a la nostalgia. _ Dios mío _ se dijo Úrsula su madre, alarmada _ Ahora parece un hombre capaz de todo _.     

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Cien años de soledad. El coronel Aureliano Buendía Primera parte



Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento. El coronel Aureliano Buendía habría de recordad aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo.
Así comienza esta emblemática y mística obra de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, en esta post veremos la vida del coronel Aureliano Buendía, uno de sus principales personajes.
Aureliano Buendía fue el primer ser humano que nació en Macondo, heredo el nombre de su abuelo paterno, había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos. Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del cuarto.
Durante su niñez fue silencioso y retraído con ciertos dones sobrenaturales y adivinatorios. Aureliano vivía horas interminables en el laboratorio de alquimia que había puesto su padre, aprendiendo por pura investigación el arte de la platería. Por esa época comenzó a crecer y se había estirado tanto, que en poco tiempo dejó de servirle la ropa abandonada por su hermano y empezó a usar la de su padre.
La adolescencia lo había vuelto silencioso y definitivamente solitario pero en cambio le había restituido la expresión intensa que tuvo en los ojos al nacer. Estaba tan concentrado en sus experimentos de platería que apenas si abandonaba el laboratorio para comer.
Preocupado por su ensimismamiento, su padre le dio llaves de la casa y un poco de dinero pensando que tal vez le hiciera falta una mujer. Pero Aureliano gastó el dinero en ácido muriático para preparar agua regia y embelleció las llaves con un baño de oro.
En una ocasión ávido de novedades se fue a escuchar las noticias cantadas de Francisco el hombre a la tienda de Catarino. Una matrona anciana postrada en la puerta de una habitación le dijo_ Entra tú también solo cuesta veinte centavos. Aureliano echó una moneda en la alcancía que la matrona tenía en las piernas y entró en el cuarto sin saber para qué. Adentro había una mulata adolescente que estaba desnuda en una cama, antes de Aureliano, esa noche, sesenta y tres hombres habían pasado por el cuarto.
Aureliano luego de ayudarla a escurrir la sabana mojada de transpiración salió del cuarto sin haber hecho nada, aturdido por el deseo de llorar esa noche no pudo dormir pensando en la muchacha con una mezcla de deseo y conmiseración, sentía una necesidad irresistible de amarla y protegerla. Al amanecer tomo la decisión de casarse con ella para liberarla pero a las diez de la mañana cuando llego a la tienda de Catarino la muchacha se había ido del pueblo.
El tiempo aplacó su propósito atolondrado pero agravó su sentimiento de frustración, se refugió en el trabajo. Se resignó a ser un hombre sin mujer toda la vida para ocultar la vergüenza de su inutilidad.
Siguiendo con su vida amorosa, al poco tiempo se enamoro perdidamente de una de las hijas del corregidor de Macondo que había llegado hace poco tiempo al pueblo, el inconveniente era que esta hija tenía nueve años, se llamaba Remedios y por esa época el ya comenzaba a cultivar los bigotes de puntas engomadas, y tenía la voz un poco estentórea que había de caracterizarlo en la guerra.
La casa se llenó de amor, Aureliano le expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todo aparecía Remedios transfigurada.
Buscando una fuga a su sufrimiento llego a la casa del ex amor de su hermano Pilar Ternera, _Vengo a dormir con usted_ le dijo, esta lo acepto y al ver su sufrimiento le prometió que iba a hablar con Remedios a su favor. Al tiempo Pilar Ternera llego con la noticia de que Remedios estaba decidida a casarse.
En cierta ocasión Aureliano estaba allí, trabajando en orfebrería y Pilar Ternera se apoyó en la mesa para admirar su paciente laboriosidad_ Bueno_ dijo Aureliano_ Dígame que es. Pilar Ternera se mordió los labios con una sonrisa triste. _ Que eres bueno para la guerra_ dijo_ Donde pones el ojo pones el plomo_ Aureliano descansó con la comprobación del presagio. Volvió a concentrarse en su trabajo, como si nada hubiera pasado, y su voz adquirió una reposada firmeza. _ Lo reconozco_ dijo_ Llevará mi nombre.
Aureliano Buendía y Remedios Moscote se casaron un domingo de marzo tra haber llegado ella a la pubertad.
Cuando nació el hijo de Aureliano y Pilar Ternera y fue llevado a la casa y bautizado con el nombre de Aureliano José, Remedios decidió que fuera considerado como su hijo mayor. Aureliano por su parte, encontró en ella la justificación que le hacía falta para vivir. Al poco tiempo muere misteriosamente Remedios, su muerte no le produjo la conmoción que temía. Fue más bien un sordo sentimiento de rabia que paulatinamente se disolvió en una frustración solitaria y pasiva, semejante a la que experimentó en los tiempos en que estaba resignado a vivir sin mujer. Volvió a hundirse en el trabajo y conservó la costumbre de jugar dominó con su suegro.
En cuanto a política Aureliano tenía en esa época nociones muy confusas sobre las diferencias entre conservadores y liberales, su suegro le daba lecciones esquemáticas.
Los liberales, le decía, eran masones; gente de mala índole, partidaria a ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar al país en un sistema federal que despojara de poderes a la autoridad suprema. Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar.
Por sentimientos humanitarios, Aureliano simpatizaba con la actitud liberal respecto de los derechos de los hijos naturales, pero de todos modos no entendía cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las manos, le pareció una exageración.
Cuando hubo elecciones en el pueblo Aureliano presencio el fraude que realizo su suegro representante del partido conservador al quitar un gran número de papeletas a favor de los liberales. _ Los liberales iran a la guerra_ Le dijo a su suegro _ Si yo fuera liberal iría a la guerra por esto de las papeletas_ Su suegro lo desestimo. Luego por las agitaciones que sucedían en el país, en Macondo decomisaron todas las armas incluso los cuchillos de cocina. Cierta noche en que sus amigos hablaban del incidente de los cuchillos, le preguntaron si era liberal o conservador, Aureliano no vaciló: _ si hay que ser algo, seria liberal_ dijo_ por que los conservadores son unos tramposos.
Así comenzó a ser parte en el liberalismo clandestino, pero se enojo con el referente principal por sus planes de asesinar a los representantes conservadores _ Usted no es liberal ni es nada_ Le dijo sin alterarse_ Usted no es más que un matarife, por eso fue desahuciado como hombre de acción por ser un sentimental sin porvenir, con un carácter pasivo y una definida vocación solitaria. Trataron de cercarlo temiendo que denunciara la conspiración Aureliano los tranquilizo: No diría una palabra, pero la noche en que fueran a asesinar a la familia de su suegro lo encontrarían a él defendiendo la puerta.
Tiempo después Úrsula su madre irrumpió trastornada en el taller de platería _ ¡Estalló la Guerra!
Entraron sin ruido antes del amanecer. Con dos piezas de artillería ligera tiradas por mulas, y establecieron el cuartel en la escuela del pueblo. Se impuso el toque de queda a las seis de la tarde, se hizo una requisa más drástica que la anterior, casa por casa y esta vez se llevaron hasta las herramientas de labranza.
Un domingo, dos semanas después de la ocupación Aureliano entro a la casa de su amigo Gerineldo Márquez y con su parsimonia habitual pidió un tazón de café sin azúcar, cuando los dos quedaron solos en la cocina Aureliano Imprimió a su voz una autoridad que nunca se le había conocido _ Prepara a los muchachos, dijo, nos vamos a la guerra_ Gerineldo Márquez no le creyó _ ¿Con qué armas?  _ Preguntó. _Con las de ellos_ Contesto Aureliano. El martes a medianoche, en una operación descabellada, veintiún hombres al mando de Aureliano Buendía, tomaron por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio al capitán y a cuatro soldados que habían asesinado a una mujer. Se fueron al amanece, aclamados por la población liberada del terror, para unirse a las fuerzas del general revolucionario Victorio Medina. Al sacar a su suegro de su escondite le garantizo su seguridad y la de su familia. _Esto es un disparate Aurelito  _ Exclamo sus suegro. _ Ningún disparate_ Dijo Aureliano _ Es la guerra y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía.

Su vida militar:
El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar a un caballo. Rechazo la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo. Aunque peleó siempre al frente de sus hombres, la única herida que recibió se la produjo él mismo después de firmar la capitulación de Neerlandia que puso término a casi veinte años de guerras civiles. Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo sin embargo, según declaró pocos años antes de morir de viejo, ni siquiera eso esperaba la madrugada en que se fue con sus veintiún hombres a reunirse con las fuerzas del general Victorio Medina.